[Relatos del Botánico] Bitácora 8: Viaje


Encontrar el tiempo de desparramarse en un cuaderno. Como en otras ocasiones, otros ejercicios solitarios en los que conversar con ellas y lo vivido en su compañía. Pero esta vez con un fin más inmediato. Ojos atentos, oídos deseosos de que se vierta sobre ellos un relato. Contadnos la historia de vuestro caminar por estas sendas. Caminos asfaltados y ordenados, rebosantes a derecha e izquierda, desde el suelo hasta el cielo, de una cegadora naturaleza. E incluso más profundo, por debajo de la tierra, allá donde no vemos y donde todo comunica con todo.

Mi historia es breve pero intensa. Como cada momento compartido con ellas, que aloja capas profundas de significado y toda una variedad de texturas, frecuencias y densidades.

Mi historia comienza cuando, queriéndolo o sin quererlo, me pierdo en este bosque. Por así decirlo, de alguna manera, me duermo. La pérdida no es tal y el bosque no es bosque, sino jardín, naturaleza ordenada. Pero la idea de perderse prevalece, pues no deja de decir otra cosa que dejar atrás los significados ya aprendidos y meterse por nuevas sendas. Sendas donde avanzar sin un propósito determinado, dotando al tiempo de una instantaneidad absoluta, y no utilizándolo como mero recorrido de un punto a otro.

En los senderos reinaba la heterogeneidad. No solamente por lo diverso que caracteriza siempre a la naturaleza, sino por una elección ficticia de convivencia entre árboles, plantas y arbustos de distintos lugares de la tierra. Comencé a detenerme allá donde a mis ojos se le antojaba mirar. Al principio siempre son los ojos, esos guías ancestrales, los que determinan los puntos de atención. Me encontré con formas conocidas y otras desconocidas y sonreí ante detalles que me parecieron ingeniosos. Parecía la vegetación de siempre que hubiera decidido alterar ligeramente sus elementos: alargar las ramas, mezclar formas o hacerlas pequeñitas. Un bosque en carnaval.

Plumeros de hojas finas y puntiagudas poblando las ramas de pinos asiáticos. Las hojas duras y largas mexicanas, que hacían ruido al agitarlas con la mano. Zas zas zas. Erica, tan suave, que te invitaba a meter la carita en su frondosa naturaleza. Hojas ásperas, rugosas, lisas, onduladas o con una capa blanca de terciopelo sobre ellas. Los ojos pronto no bastaron en la guía por esas sendas. Los sentidos se habían puesto a conversar. Querían oler a la dulce jara, a la hoja ácida del naranjo entre los dedos y a la savia densa de un cedro de troncos enredados.

Sin embargo, para abarcar el volumen máximo, los ojos siempre son unos buenos aliados. Los míos miraban aquí y allá, de manera desordenada, tratando de fijar las visiones de aquel sueño. Árboles determinados en sus posturas estáticas. Brazos marciales o de flamenca. Troncos arqueados, como si una fuerte ráfaga de viento los hubiera colocado un día en esa forma que ahora les pertenece. Una corteza plateada que seguro inspiró el nombre del árbol de júpiter. Y, de pronto, una presencia blanca y solitaria que destacaba entre un bosque entero de troncos marrones. Allí, tan digna, la piel del álamo. Blanca como el caballo de una leyenda celta. De ramas estilizadas hacia el cielo cual pincel de un genio. Troncos lisos, con marcas en su lomo, como sonrisas descendentes y otros cubiertos por una costra rugosa, canales por donde desliza el agua o treparán los insectos.

Aún vi más cosas, sentí más cosas, en ese dulce dormitar. Una hoja redondeada, infinita, desafiando las fractalidades, derramándose por una fisura fina y precisa abierta en el tallo. Líneas blancas en una gran hoja selvática, como carreteras en un paisaje vegetal. Formas desérticas verde oscuro o verde oliva con sus hileras de pinchos afilados. Plantas cerrándose en espiral sobre sí mismas, resguardando sus corazones en un manto verde ante la humedad de su verano eterno. La punta de un helecho rozándome la nuca, erizando mi piel, activando los circuitos sensitivos de mi cuerpo. Y una mimosa cerrarse tímida, con el paso de mi dedo por sus hojas, al recordar las cosquillas del rocío.

Ni muy pronto ni muy tarde, tan solo cuando el instante decidió apagarse para dejar lugar a un nuevo instante, abrí los ojos. Desperté lentamente, como cuando alguien duerme a deshoras y se levanta profundamente descansado y a la vez desorientado. Abrí los ojos y me topé con otros ojos. Bonita forma de dejar de estar perdida, de reencontrarse. Abrigarse en ojos encendidos por visiones comunes u otras descubiertas de manera única e irrepetible. Miradas cómplices de las que, como tú, creen tan necesario perderse de vez en cuando. Me corresponde ahora pues el silencio. Cerrar los ojos y abrir los oídos. Tengo muchos relatos por escuchar.

Lucía Emmanuel.

 

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