DARWIN Y EL CAPITAL

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¿Es el darwinismo una construcción social? Hace unos días recibía un mensaje por las redes sociales que remitía a este vídeo, creado por el colectivo Spanish Revolution. En síntesis, en el vídeo se hace una breve reflexión sobre la adecuación del paradigma darwinista frente al modelo capitalista, sugiriendo que el darwinismo es un mero instrumento de las cúpulas de poder, mantenido por este en contradicción con la naturaleza cooperativa de la vida (materializada en las tesis de Kropotkin). En respuesta a esta iniciativa, y a raíz de la discusión en las redes sociales, he decidido participar proactivamente con el siguiente contenido con el fin de clarificar algunas cuestiones en cuanto a las relaciones entre los planos científico-académico y el sociopolítico-económico que rodean al fenómeno darwiniano.

El siguiente texto es una transcripción ordenada de la conferencia con título homónimo dada en la Universidad de Barcelona el día 9 de Marzo, con motivo del XIII Fórum Ambiental de la Facultad de Ciencias.


DARWIN Y EL CAPITAL: Una historia de Ciencia, Economía y Poder.

Daniel Heredia Doval.


I think that a theory so vague, so insufficiently verifiable and so far from the criteria otherwise applied in “hard science” has become a dogma, can only be explained on sociological grounds. Society and science have been so steeped in the ideas of mechanism, utilitarism and the economic free competition, that instead God, selection was enthroned as ultimate reality”.

Ludwig Von Bertalanffy, Autor de la Teoría General de Sistemas


Ciencia y evolución: Un preámbulo evolutivo

Hablar de ciencia es hablar de métodos y lógicas. En esencia, la ciencia es un fenómeno cultural que se desarrolla en torno al materialismo (la materia precede a las ideas) y al empirismo (el conocimiento es experiencial) orientado sobre un método (el método científico).

El conocimiento obtenido mediante la observación y la experimentación obedece a una razón filosófica (el conocimiento per se), pero, sobre todo, a una razón económica. La categorización de las especies nace con la explotación ordenada de los recursos, la de las estrellas, con la navegación y la previsión estacional y meteorológica.

Ernst Mach decía que «la física es experiencia organizada en un orden económico». Esta economía es la economía de los recursos, pero también del pensamiento. ¿Sobre qué pensar?

Lamarck (1809), por su parte, escribía «fueron primero las necesidades económicas y de recreación las que impulsaron la creación sucesiva de las diferentes partes del arte que se emplean en las ciencias naturales».

El desarrollo explosivo de estas ciencias naturales y el reconocimiento de la particularidad dialéctica del mundo orgánico (forma-función, organismo-ambiente, adaptación-sofisticación) llevaron a Lamarck a proclamar la necesidad de una disciplina propia, bajo un método y una ordenación no sólo económica, sino cronológica. Esta disciplina recibió el nombre de Biología (que era el título de una obra inédita).

Biología, por lo tanto, hacía referencia a una nueva metodología de estudio unificado de los cuerpos vivientes, en sus componentes, propiedades, y en sus relaciones orgánicas entre si y con su medio.

Su método, de lo general a lo particular, abogaba por la integralidad y la interdependencia de escala. Su ordenamiento, recogía las afinidades corporales de los organismos y las situaba como piezas interrelacionadas en el tiempo y en el espacio, como parte de un mundo en constante transformación. Hoy la palabra utilizada para referirse a los procesos de génesis y trasformación de las formas orgánicas es Evolución.

El concepto de evolución es, desde su origen, inseparable de la propia Biología.

A partir de esta pequeña introducción, no es necesaria mucha investigación para constatar que el celebrado trinomio Evolución = Teoría de la evolución = Darwinismo es absolutamente erróneo. Evolución es un fenómeno, constatable y verificable mediante pruebas paleontológicas y neontológicas, que obedece a diferentes procesos y mecanismos. La identificación de esos procesos y mecanismos obedece a pruebas de segundo orden, que se estructuran en torno a hipótesis y teorías. El área de la biología destinada al estudio de las mismas es la Biología evolutiva.

Søren Løvtrup, en su recomendable «Darwinism: the refutation of a Myth» (1987), identifica la posibilidad de evaluar la Teoría de la evolución como el conjunto de cuatro elementos dependientes pero no consecuentes:

  1. La evolución como realidad natural y material
  2. La historiografía y el ordenamiento filogenético
  3. Los mecanismos de origen de las novedades
  4. La preservación y desarrollo cronoecológico

Por lo tanto, aunque podemos hablar de Evolución en sentido absoluto como el fenómeno de transformación organización de los seres vivos en el tiempo, a través de mecanismos y procesos naturales, no podemos referirnos sencillamente a la teoría de la evolución sino a las teorías (hipótesis o concepciones) evolucionistas que tratan de explicar este fenómeno de una manera más o menos universal.

Ciertamente, la noción de evolución (o transformación) de los seres vivos adquirió dimensión propia entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, proceso que culminaría con la publicación de «El origen de las especies». Goethe, Maupertuis, Diderot, Erasmus Darwin o Buffon son figuras que reconocieron en mayor o menor medida la posibilidad de transformación orgánica. Lamarck constituye sin duda el gran hito al publicar el primer cuerpo teórico consistente y completo en torno a la idea de evolución. Tras este, otros personajes como Geoffroy Saint-Hilaire, Edward D’Alton, Patrick Matthew, Enrich Von Baer, Robert Chambers, Frédéric Gérard o Enrich Bronn (este último premiado por la Academia de Ciencias de París por su trabajo sobre la transformación de los seres vivos) siguieron la estela de Lamarck y propusieron sus propias teorías y reformulaciones evolutivas. Sin embargo, ninguno de ellos alcanzaría el impacto y la convulsión que produciría la publicación, en 1859, de «El origen».

Ni que decir tiene que la publicación de Darwin sirvió de detonante para la especulación y formulación de otras teorías y corrientes evolutivas alternativas a la suya propia: macromutacionismo, ortogenetismo, evolución teísta, neolamarckismo, neodarwinismo… Cope, Weismann, Haeckel, Mivart, De Vries, Bateson, Whithman…

Bien, ¿Por qué Darwin? ¿Por qué, entre todos estos nombres, sólo este sale a relucir entre la particular construcción hagiográfica de la ciencia moderna?

Seguramente se puedan discutir multitud de razones, incluyendo la extensión y focalización de la obra de Darwin sobre el tema, pero creo necesario remarcar tres factores de gran relevancia que fueron condicionantes indivisibles del éxito inicial del darwinismo y el éxito de «El origen» como obra de alcance mediático y académico: 1) el posicionamiento social de Darwin, 2) su concepción natural del mundo y 3) el contexto histórico en el que se desarrolla.


Del capital a la ciencia: La otra historia del darwinismo.

«Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles Darwin”.

Esta triunfalista afirmación, procedente de la presentación del «El gen egoísta» (1971) de Richard Dawkins (otro de los best-sellers darwinistas), no es sino una reducción al absurdo del discurso general asimilado por la ortodoxia evolucionista, la comunidad científica y la cultura popular.

¿Quién era Charles Robert Darwin y qué misteriosa genialidad le rodeaba para «descubrir la verdad» (en sentido absoluto) sobre nuestra existencia?

La historia, mucho menos hollywoodiense, de la vida de Darwin relata un personaje humano, claroscuro, con sus celos, inquietudes, argucias, fobias y simplezas. No es mi intención hacer una revisión intensiva de la figura de Darwin en cualquier caso. Para eso, existen otros textos mucho más extensos y mejor referenciados. Lo que si me interesa destacar en este punto, de acuerdo con la argumentación del texto, es la relación que establece Darwin con los altos círculos sociales y académicos de la época.

Darwin nace en 1809 en el seno de una adinerada y bien posicionada familia burguesa. Hijo y nieto de médicos, Darwin es instado a estudiar medicina en Edimburgo antes de finalizar su formación elemental. Su desinterés general por los estudios, su rechazo patológico a las sesiones prácticas de anatomía y el conocimiento de una gran fortuna con la que vivir holgadamente hasta el fin de sus días, confabulan en la mente de Darwin para abandonar Medicina al segundo curso. Se subgraduaría en Teología en Cambridge dos años más tarde, con la expectativa de ejercer como párroco rural, plan que sería truncado por la inesperada invitación a participar en el viaje transatlántico que le haría célebre: el del HMS Beagle.

El joven Darwin, enrolado más como acompañante de alta clase que como naturalista formado (papel que tomaría tras la poco sutil destitución del cirujano de abordo, Robert McCormick), tuvo la oportunidad de observar de primera mano las maravillas del Nuevo Mundo. En este periodo no desarrolló ninguna tesis particular en torno a la evolución orgánica (conocía y renegaba de las ideas lamarckianas), pero le sirvieron para tomar numerosas anotaciones y, sobre todo, labrarse un nombre gracias a las contribuciones de nuevos especímenes. Strater (1999) relata:

«Gracias a sus abundantes recursos económicos, Darwin se pudo permitir enviar a su mentor, el reverendo Henslow, una gran cantidad de especímenes recolectados por sus asalariados. Éste, entusiasmado, pronunció varias conferencias sobre ellos en la Geological Society de Londres. Al llegar a Londres, Darwin descubrió que se había convertido en una especie de celebridad […] Le nombraron miembro de la Geological Society y le ascendieron de inmediato a su consejo rector. Un año más tarde fue aceptado en el Ateneo, el club para caballeros más exclusivo de Londres y al año siguiente le nombraron miembro de la Royal Society. El regreso de Darwin no fue precisamente discreto”.

Esta imagen de un Darwin económicamente enriquecido (entre herencias, sumas familiares derivadas de su matrimonio con su prima Emma y la actividad de prestamista) y bien posicionado puede contrastar con la imagen romántica y conspicua de un joven naturalista aventurero confrontado al ostracismo académico. Tras su regreso a Londres, Darwin habría forjado relación con algunos de las más influyentes (y a la postre, poderosas) figuras del panorama científico de la época: Robert Hooker, John S. Henslow, Francis Galton, Asa Gray, Charles Lyell, Thomas Henry Huxley…

En 1859, esta particular posición favorecería en última instancia la salida, promoción y aceptación de la que se convertiría en su gran obra: «El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia». A la publicación le precedieron discursos favorables en la Academia por parte del respetado Lyell y revisiones en el Times de la mano de Huxley. La expectativa estaba ya sembrada y la obra avalada.

Sin embargo, para entender el impacto completo del libro es necesario contemplar, primero, su contenido y estructura, y, segundo, la trascendencia del mismo dentro del contexto histórico y social.

«El origen» se estructura en torno a cinco argumentos que aparecen de forma recurrente y no siempre conexa: 1) la realidad del fenómeno evolutivo, 2) la ascendencia común última, 3) el gradualismo filético, 4) la conservación y diversificación de las razas y 5) la selección natural como «principio rector» (se ha evitado conscientemente el uso de atributos como «mecanismo» o «proceso»). Este último, el concepto de selección natural, puede considerarse como el elemento más distinguido de la aportación de Darwin, y el que facilitó en mayor medida la efervescencia de un debate académico y controversia social.

La selección natural, este «principio rector» de la evolución, es descrito por Darwin (1859) en el siguiente extracto (el subrayado es mío):

«como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir y como, en consecuencia a la lucha por la vida, que se repite frecuentemente, se sigue que todo ser, si varía, por débilmente que sea, de algún modo provechoso para él bajo las complejas y a veces variables condiciones de la vida tendrá mayor posibilidad de sobrevivir y de ser naturalmente seleccionado. Según el poderoso principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva y modificada forma».

En esencia, la visión darwiniana de la evolución se estructura en torno a tres conceptos nucleares. Estos pilares pueden reconocerse en sus distintas etapas y trasmutaciones (darwinismo – neodarwinismo – síntesis moderna), y los identifico como el núcleo de lo que podemos llamar «paradigma darwinista»:

  1. Individualismo: existe variabilidad dentro de las poblaciones y ésta se manifiesta de forma conspicua, continua y no direccionada. Gould (2004) llamaría a esta variación «isotrópica».
  2. Competencia: la limitación de recursos conlleva la no supervivencia de todos los individuos. Admitiendo que la variación individual proporciona «ventajas competitivas» en el acceso a los recursos limitantes a unos individuos frente al resto, se sucede una razón de supervivencia (y reproducción) diferencial.
  3. Causalidad: Los principios anteriores se encajan dentro de una concepción mecanicista de la naturaleza, que obedece a cadenas causales y la reciprocidad entre acciones. Es decir, la variación favorable en un medio es garantía de supervivencia y reproducción, al tiempo que la supervivencia y reproducción son garantías de la conservación (herencia) de dichas variaciones.

De esta forma, se ignoran las causas últimas de la variación (epigénesis) y se suprime al organismo como sujeto activo de la evolución, constituyéndose como un sistema informacionalmente cerrado frente al medio. Este último es un elemento selector, nunca instructor, sin capacidad de alterar la información hereditaria ni direccionar la variación. La adaptación es posible por medio del acoplamiento de las poblaciones (no de los individuos). Y la evolución, como recorrido histórico completo de la vida, no es más que la suma de los procesos adaptativos de las poblaciones desde sus orígenes.


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Pero, tras este necesario paréntesis, volvamos al hilo histórico. Lucha por la existencia, competencia por los recursos, individualidad. ¿De dónde proceden estos conceptos situados en la columna vertebral del darwinismo? ¿Son acaso una revelación de nuestro héroe londinense?

Podemos identificar una cadena de pensamiento coherente en el desarrollo de las ideas cercanas al darwinismo en figuras de relevancia histórica como son Thomas Hobbes (la lucha de todos contra todos), Alphonse de Candolle (la naturaleza en guerra), Adam Smith (la mano invisible del mercado), Thomas Malthus (sobre el crecimiento de la población) y Herbert Spencer (la supervivencia del más apto), quien sería, por tiempos, influencia y seguidor del darwinismo.

El propio Darwin (1876) sería explícito al mencionar la influencia de Malthus en sus ideas:

«En octubre de 1838; esto es quince meses después de haber empezado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por placer el ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce de una observación larga y constante de los hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones, las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser destruidas. El resultado sería la formación de especies nuevas. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que trabajar».

Y, de manera aún más directa (1859):

«[Esta] es la doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al conjunto de los reinos animal y vegetal; porque en este caso, no hay aumento artificial de alimento y limitación prudente de matrimonios».

Ciertamente, la ascendencia sociológica del darwinismo es un tema de discusión desde casi los principios del mismo. En una revisión moderna, el siempre agudo Stephen Jay Gould (2004) escribía:

«Si Darwin se sirvió de Malthus para captar el papel central de la continua y dura lucha por la existencia, luego necesitó de la escuela afín de los economistas escoceses (los teóricos del laissez-faire, capitaneados por Adam Smith y su Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, cuya primera edición se publicó en el auspicioso y revolucionario año de 1776) para formular el principio aún más fundamental de la selección natural misma. Diría que la selección natural es, en esencia, la economía de Adam Smith transferida a la naturaleza».

Bastante menos explícita es la evidencia de precursores en la transposición previa de estas ideas al marco evolutivo. El contacto de esta línea de pensamiento hobbesiano con la cuestión abierta sobre el origen de las especies resultó en la conformación (¿en paralelo?) de las asunciones más generales del evolucionismo (malthusiano) por selección natural: Patrick Matthew, Edward Blyth y Alfred R. Wallace y, posteriormente, el propio Darwin, construyeron un modelo de naturaleza que reflejaba su propia concepción de la sociedad.

Llegados a este punto, y en conocimiento de estos precursores y condicionantes, debemos rescatar la pregunta detonante de esta argumentación: ¿por qué Charles Darwin?

La privilegiada posición social, la dilatada solvencia económica y el caldo de cultivo contextual (contingente histórico germinado durante décadas) son razones poderosas para entender porqué Darwin pudo dedicarse a esta empresa. Sin embargo, queda un último punto, consecuencia más o menos directa de los anteriores, que tiene que ver con el ejercicio de poder detrás de la propulsión inicial y aceptación de los puntos claves del darwinismo.

El círculo de amistades y colegas que Darwin se había forjado durante años, de deliberada posición liberal, tuvo una enorme influencia en el desarrollo primigenio del darwinismo. Huxley, Hooker, Tyndal, Spencer y otras figuras de creciente importancia se las arreglaron para ocupar puestos de relevancia y liderazgo en las principales sociedades científicas, museos y universidades, ejercer presión e influencia editorial, coaccionar y reprimir a los críticos y preservar la autoría de Darwin, así como participar en acalorados debates y charlas populares con de propulsar la hegemonía darwinista como bastión científico del liberalismo. Este grupo de intelectuales se constituyó como sociedad bajo el nombre de «X-Club» y, de acuerdo con cronistas de la época, llegó a convertirse en «el grupo científico más influyente y poderoso de Inglaterra».

De hecho, según Larson (2006):

«trabajando en un grupo reducido y estrechamente unido de intelectuales con ideologías afines, conocido como el X–Club, Huxley y sus amigos se las arreglaron para asumir funciones de liderazgo en muchas de las sociedades científicas británicas de más alto nivel, colocaron a personas que les apoyaban en altos cargos de las universidades y museos, e influir en la política editorial de las revistas científicas. En 1869 fundaron la revista Nature como portavoz del naturalismo científico y desde sus páginas promocionaron sin reparos el darwinismo […] en la década de 1880, los que se oponían a ellos afirmaban que el darwinismo se había convertido en un dogma aceptado a ciegas y muy bien blindado frente a cualquier ataque serio».

Así, a finales del siglo XIX, aunque la suficiencia del darwinismo como explicación general de la evolución estaba lejos de ser aceptada (incendiando un acalorado debate sobre los modos, tiempos y direcciones evolutivas), su ideología subyacente había sido asimilada como parte del discurso sobre el orden biológico. La «socialización de la naturaleza» había germinado para florecer ahora sobre el terreno regado por las transmutaciones del poder y la dominación.


De la ciencia al capital: Darwinismo y sociopolítica del siglo XX.

El darwinismo, con la supervivencia del más apto por bandera, supone la elevación del orden social a un orden natural y, para muchos, en una «ley de la naturaleza». En síntesis, el darwinismo se basa en la superioridad biológica de unos individuos sobre otros en un entorno de competencia contextual.

Ni que decir tiene lo sugerente que resultó esta interpretación natural como explicación complaciente y justificativa (perfectamente adaptada) para los órdenes de poder emergentes de la época. El darwinismo ha sido (es) un elemento de refuerzo para distintas formas de poder basadas en el reconocimiento de la competencia y la lucha como motor de progreso, las superioridades biológicas y/o la dominación histórica y geográfica. Capitalismo, marxismo, imperialismo y los distintos «biotipismos» (por usar un término que aglutine todas las formas de discriminación en base a los tipos biológicos) han sido influenciados y justificados en mayor o menor medida por términos darwinianos.

La relación entre capitalismo y darwinismo es seguramente la más evidente, y surge desde el inicio como un bucle retroalimentado. Tal como recoge Templado (1974):

«Desde el principio el darwinismo fue un aliado del liberalismo, se consideró como un medio de elevar la doctrina de la libre competencia hasta el grado de ley natural y proporcionar de este modo una base científica al progresismo liberal… Esta coincidencia doctrinal explicaría la rápida difusión que tuvieron las ideas darwinistas en los medios liberales de entonces, y la enemistad que despertaron en los elementos sociales conservadores».

Constituido como base natural de la racionalidad liberal, el darwinismo fue no solo asimilado sino promocionado activamente por el X-Club y los círculos liberales como parte integral de un proceso de transformación social, real y premeditado. T.H. Huxley, por ejemplo, no sólo era un defensor a ultranza del darwinismo en el ámbito académico, sino que organizaba charlas en las fábricas con el fin de instruir a los trabajadores en las maravillas del sistema liberal y el darwinismo.

De hecho, hasta la actualidad, el binomio darwinismo-capitalismo, construido con una razón circular, ha sido reconocido como parte del discurso justificativo de las élites económicas. Como botón de muestra, John R. Rockefeller afirmaba: «el crecimiento de un gran negocio consiste, simplemente, en la supervivencia del más apto […] es, sencillamente, el desarrollo de una ley de la Naturaleza». Este discurso ha calado en la racionalidad moderna.

Por otro lado, el marxismo ha dialogado de una forma algo más compleja con el darwinsmo. Es tentador ver un reflejo de la lucha por la existencia, como motor de la historia biológica, en la lucha de clases, como motor de la historia de la humanidad. Marx (correspondencia con Engels, años 1860) recibió con interés y complicidad las ideas de Darwin en un inicio («El libro de Darwin es muy importante y me sirve de base de la lucha de clases en la historia», «en este libro se encuentra el fundamento histórico natural de nuestra idea»), para migrar con posterioridad a una posición mucho más crítica. Reconociendo al darwinismo como un aliado del capitalismo, y atendiendo tanto a las relaciones tautológicas entre ambos, Marx encontraría en este un intento incompleto (e infructuoso) de explicar el orden de la naturaleza y trasponerlo a la sociedad. Escribiría (1875):

«La diferencia esencial entre la sociedad humana y la sociedad animal es que los animales, en el mejor de los casos, recogen, mientras que los hombre producen. Esta diferencia, única pero capital, basta para impedir la pura y simple transposición de las leyes naturales a las humanas […] el simple hecho de considerar la historia anterior como una serie de luchas de clases revela toda la inconsistencia de la concepción de esta misma historia como una ligera «variación de la lucha por la vida». Y, por mi parte, no pienso conceder ese placer a estos pseudo-naturalistas».

Aunque, con posterioridad, el darwinismo ha sido recogido por autores marxistas como un elemento de influencia y justificación sobre la lucha de clases, parece que, por lo menos desde un punto de vista histórico, Marx tenía razones más que sobradas para encontrar en éste un elemento al que confrontarse. El propio Darwin era contrario a las luchas por los derechos de los trabajadores y se preocupaba profundamente por los efectos «darwinianos» que estos podían acarrear. En una carta a Fick (1872), escribía:

«Me gustaría […] tener la ocasión de discutir con usted […] la idea en la que insisten todos nuestros sindicatos, de que todos los trabajadores, los buenos y los malos, los fuertes y los débiles, deben trabajar el mismo número de horas y recibir las mismas pagas. Los sindicatos se oponen también al trabajo a destajo (en suma, a toda competición). Me temo que las sociedades cooperativas, que muchos ven como la principal esperanza para el futuro, igualmente excluyen la competición. Esto me parece un gran peligro para el futuro progreso de la humanidad. No obstante, bajo cualquier sistema, los trabajadores moderados y frugales tendrán una ventaja y dejarán más descendientes que los borrachos y atolondrados.”

Aunque la influencia en los modelos económicos es innegable, mucho más explícita ha sido quizá la adhesión de los cánones darwinianos a los discursos sobre el imperialismo y el colonialismo. Los procesos de dominación y expansión violenta quedan enmarcados como parte de un orden lógico, de un derecho natural por el control de los recursos (incluyendo riquezas naturales, territorios y poblaciones humanas).

De hecho, personalidades tan influyentes (y reconocidas en la historiografía darwiniana) como Spencer («las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí, y sólo resultan vencedores aquellos que son biológicamente más eficaces») y Haeckel («la totalidad de la historia de las naciones […] ha de ser explicada mediante la selección natural. La pasión y el egoísmo, conscientes o inconscientes, son por doquier la fuerza motriz de la vida») se manifestaron claramente en este sentido.

Cuando esta razón de dominación se imbrica sobre las nociones sobre la superioridad biológica entre pueblos e individuos, obtenemos como resultado una transposición directa de las dinámicas naturales sobre las sociedades. Las cuestiones sobre las distintas formas de supremacía biológica en cuanto a género, raza, clase social, etc., constituyen el núcleo de lo que ha venido a llamarse «darwinismo social». Lejos de representar un subproducto del «darwinismo científico», estas cuestiones forman parte indisoluble del constructo darwinista. De hecho, el propio Darwin se manifestó repetidamente sobre el tema. Por ejemplo (1871):

«llegará algún día, por cierto no muy distante, que de aquí para allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y remplazado a todas las salvajes por el mundo esparcidas. Para ese mismo día habrán dejado ya de existir, según observa el profesor Schaffhauser, los monos antropomorfos y entonces la laguna será aun más considerable, porque no existirán eslabones intermedios entre la raza humana que prepondera en la civilización, a saber: la raza caucásica y una especie de mono inferior, por ejemplo el papión, en tanto que en la actualidad la laguna solo existe entre el negro y el gorila”.

Esta visión, aún siendo no compartida por todos los naturalistas de su época (véase Mivart 1871), constituía una extensión lógica de su visión sobre el orden natural. Del mismo modo, el darwinismo apuntalaba sobre estas mismas bases raciales las posiciones de explotación y discriminación de las mujeres (1871):

«La principal distinción en las facultades intelectuales de los dos sexos se manifiesta en que el hombre llega en todo lo que acomete a punto más alto que la mujer, así se trate de cosas en las que se requiera un pensamiento profundo, o razón, imaginación o simplemente el uso de los sentidos y de las manos. […] Está generalmente admitido que en la mujer las facultades de intuición, de rápida percepción y quizá también las de imitación, son mucho más vivas que en el hombre; más algunas de estas facultades, al menos, son propias de las razas inferiores, y por tanto corresponden a un estado de cultura pasado y más bajo».

Como broche final, quizá una broma histórica que nos recuerda la idoneidad de la ciencia como herramienta de sometimiento y racionalización de la barbarie, Darwin hace uso de la incipiente estadística biométrica (no en vano, liderada por su primo Galton) como justificación última de sus ideas (ibid):

«podemos inferir de la ley de desviación de los tipos medios – tan bien expuesta por Galton en su obra sobre el «Genio hereditario» – que si los hombres están en decidida superioridad sobre las mujeres en muchos aspectos, el término medio de sus facultades estará por encima del de la mujer».

Llegado a este punto, es el ciclo se cierra. El darwinismo supone un acto de socialización de la naturaleza (del Capital a la Ciencia), en el que se sintetizan las nociones de pensamiento de Hobbes, de Candolle, Adam Smith y Malthus sobre el orden biológico (la economía de la evolución, si se quiere). Pero, de forma recíproca, el darwinismo se convierte en un elemento justificativo (como ley natural) sobre las mismas prácticas sociales, un ideal que convierte en natural la competencia, la explotación, la colonización, la dominación y el exterminio. Es la naturalización de la sociedad (de la Ciencia al Capital), bajo una noción de naturaleza perfectamente diseñada para este fin.

Como acertadamente criticaba Marx (1875), en los mismos albores de esta tautología:

«Toda la doctrina darwinista de la lucha por la vida no es más que la transposición de la sociedad a la naturaleza, de la doctrina de Hobbes sobre el «bellum omnium contra omnes» y de la doctrina económica – burguesa de la concurrencia unidas a la teoría demográfica de Malthus. Una vez ejecutado este truco de prestidigitación […] se transponen de nuevo esas mismas teorías de la naturaleza orgánica a la historia y entonces se pretende que se ha demostrado su validez en tanto que leyes eternas de la sociedad humana».

Esta relación autorreferenciada quedará completamente asimilada con la adquisición de una razón práctica, un valor de uso y de cambio, es decir, con la capitalización del darwinismo y su reconocimiento como una herramienta de control, manipulación y, en esencia, poder. Ésta vendría de la mano de la revolución ocasionada por la genética.


La Ciencia del Capital: relaciones inter e intraespecíficas.

Es imposible entender la trascendencia del darwinismo en la actualidad y su aceptación durante el siglo XX sin la perspectiva de lo que la irrupción de la genética supuso para el Mundo, y cómo esta se entrecruzó con las bases del neodarwinismo con el fin de convertirse en ciencia aplicada y aplicable.

Quizá una de las cuestiones más trascendentales del área de las ciencias biológicas sea la referente a la información. Qué es, dónde reside y cómo cambia la información biológica ha sido una de las grandes preguntas de la biología desde sus inicios.

La información se encuentra en el mismo centro de las cuestiones más elementales sobre la identidad biológica y la herencia de la misma. ¿Cómo se constituye y hereda la morfología, el comportamiento, el desarrollo embriológico y todo el crisol de caracteres que constituyen un ser vivo? ¿Con qué forma material y bajo qué leyes se manifiesta? Estas cuestiones, cuando se incluyen bajo la lupa del tiempo adquieren, finalmente, su posición privilegiada en el marco de la evolución: ¿cómo cambia y se conserva esta información biológica?

La irrupción del mendelismo en escena establecería una serie de criterios en favor de algunas de las hipótesis en baza. Los trabajos de Mendel, reinterpretados y tomados de base por De Vries, Johannsen y otros, sintetizarían a principios de siglo XX una serie de premisas: 1) hay caracteres continuos y discretos, 2) la información está particulada, 3) la herencia es combinatoria, 3) la expresión de estas partículas es diferencial, 4) y se hereda de forma determinista y 5) cuantificable en frecuencias entre la descendencia.

Johannsen (en 1902) daría a estas partículas o «determinantes hereditarios» el nombre de «Gen». Parecía que, finalmente, el camino hacia la resolución del problema de la información biológica había sido encontrado. A lo largo de la primera mitad del siglo el cuerpo de la genética clásica incorporaría buena parte de las nociones que hoy nos resultan familiares e indisolubles: la información genética reside bajo la forma de ADN, los genes son secuencias de esta molécula, la herencia se produce mediante duplicación (semiconservativa), los mecanismos de cambio se dan por mutación y recombinación.

La genética nacía pues como una ciencia cuantitativa, causando un enorme interés y expectación. Esto supuso captar no solo atención sino, consecuentemente, capital para su desarrollo e investigación. Las promesas de la genética (tal como ocurre a día de hoy) constituían un gran atractor económico. Estos insumos de dinero facilitarían su rápido asentamiento y la enorme influencia que ejercería sobre el desarrollo de las ciencias naturales del siglo XX y XXI.

Un hito importante y representativo tanto de la dirección que tomaría la ciencia a partir de entonces como del fuerte crecimiento que tendría la genética, constituye el salto financiero del crack de 1929. Según Olarieta (2009):

«la genética fue seriamente sacudida por la crisis capitalista de 1929. A partir de aquel momento, la Fundación Rockefeller inició un gran giro en su política de subvenciones favorable a la nueva ciencia y en detrimento de otras, como la matemática o la física. Entre 1932 y 1945 dicha Fundación contribuyó con aproximadamente 25 millones de dólares de la época para financiar la nueva genética sintética o «formalista» […] El destino favorito de las subvenciones de Rockefeller fue el laboratorio de Thomas H. Morgan en Pasadena (California), que se hizo famoso por sus moscas […] Generosamente becados por Rockefeller y Weaver [este nombrado en 1932 director de la División de Ciencias del Instituto Rockefeller], numerosos genetistas de todo el mundo pasaron por los laboratorios de Morgan en Pasadena [incluyendo Theodosius Dobzhansky] para aprender las maravillas de la teoría mendelista”.

La fundación Rockefeller, como todas las fundaciones privadas, decide dónde van sus donaciones en base a criterios particulares, sean crematísticos o subjetivamente filantrópicos. La genética prometía ser la revolución biológica del siglo, y no solo como vía de acceso a las preguntas más elementales (Ibid):

«El dinero no fue encaminado hacia la filosofía, ni la historia del arte; fue a parar al laboratorio de Morgan en California porque el trabajo de Morgan, como el de Emerson, eran experimentales, ponían el acento en el control y la manipulación de la naturaleza viva, es decir, porque eran instrumento de dominación […] La biología había dejado de ser aquella vieja ciencia descriptiva, adquiriendo ya un tono claramente experimental. Era la vida, en su más amplio sentido, social, histórico, político, lo que pretendían controlar y creyeron que los genes eran la clave de la misma».

Es en este punto donde podemos reencontrarnos con el darwinismo. La genética mendeliana, ahora planteada como solución a los problemas de la información y la herencia biológica, se tomó como base material sobre la que ejecutar los principios del neodarwinismo. A esta hibridación se le dio el nombre de Genética de poblaciones, y constituiría las bases de lo que con posterioridad sería la Síntesis moderna.

Con la genética de poblaciones, los mismos pilares del paradigma darwinista son reedificados con una nueva cara:

La mutación es la fuente de variabilidad (isotrópica), garante del individualismo. Nada se sabe, ni se necesita saber a este punto, sobre la fenomenología última de los cambios, estos se considerarán azarosos. La selección se da como resultado de la supervivencia diferencial mediada por competencia. El éxito, ahora, depende de la herencia genética, y esta, a su vez es determinista en cuanto a la supervivencia.

El esquema general, por lo tanto, sigue intacto.

Resulta interesante recordar a este punto que el neodarwinismo (un endurecimiento de las tesis de Darwin capitaneado por Weismann a la muerte del primero) era una corriente más, minoritaria incluso, dentro del crisol evolucionista de finales del siglo XIX, antes de trasmutación alrededor de la genética. El éxito de la síntesis moderna ha sido tan rotundo y asimilado que, a día de hoy, rara vez se plantean los escenarios y causas que llevaron al declive de las corrientes neolamarckista, ortogentetista, macromutacionista e incluso a los darwinistas contrarios a la fe absoluta en la genética de poblaciones.

¿Por qué la síntesis moderna? ¿Por qué es esta visión genocéntrica de la evolución la que ha perdurado y se ha extendido por toda la biología?

Sin ninguna duda, la oportuna asociación con la genética en plena revolución paradigmática puede encontrarse entre las causas principales. La visión moderna de ésta supuso un verdadero tsunami sobre otros cuerpos de conocimiento, como la embriología o la paleontología, y las corrientes que no supieron o quisieron asimilar la genética en sus bases decayeron en popularidad sufrieron una suerte de obsolescencia.

Sin embargo, es imposible comprender este movimiento sin enmarcarlo dentro del contexto social de la época, en una primera mitad del siglo XX impregnada por las ideas de imperialismo, colonialismo, supremacía, dominio y el choque violento de grandes bloques socioeconómicos.

Y, en mitad de este darwiniano escenario, una idea que se ha ido forjando durante décadas se vuelve tangible gracias a la genética de poblaciones: la eugenesia.

Neodarwinismo y eugenesia son conceptos íntimamente ligados. Mientras que el primero trata sobre la evolución del capital biológico, el segundo simplemente lo transpone como capital social. ¿Qué valor tiene un carácter físico o psicológico determinado de un individuo en la sociedad? La genética de poblaciones, mediador en ambos casos, explica cómo la supervivencia diferencial se da en base a una razón hereditaria. La única, pero crucial, diferencia es que la eugenesia surge como una técnica de intervención. Son los propios seres humanos los que seleccionan, tomando el control de su propia evolución.


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El término eugenesia (del griego: «buena raza») es introducido por Francis Galton, primo de Darwin, en base a las ideas de este último: «lo que la naturaleza hace a ciegas, lentamente y sin piedad, el hombre puede hacerlo según sus previsiones, con rapidez y de manera amable». Se suele hace distinción entre dos estrategias de intervención eugénica: la eugenesia positiva para las políticas de estimulación de la reproducción entre individuos con rasgos «deseables», y la eugenesia negativa para las acciones de coerción de la reproducción de los individuos con rasgos «indeseables» (entiéndase la subjetividad del valor deseado y la responsabilidad ética que implica). El primero se basa en el establecimiento certificado de parejas de alto valor eugénico con fines reproductivos, el segundo en métodos de instrucción, coacción, aislamiento, esterilización y exterminio.

La eugenesia tuvo un gran impacto en el desarrollo sociopolítico del siglo XX. La ilusión del control de las poblaciones era sugestiva para distintos gobiernos, individuos y organizaciones privadas. No en vano, con el apoyo de los gobiernos e institutos y la justificación de la genética, las aplicaciones prácticas de la eugenesia y del darwinismo social se materializaron en la primera mitad del siglo XX. Los investigadores dedicados a la eugenesia fueron reconocidos con importantes cátedras y puestos universitarios, se crearon centros e institutos dedicados especialmente para el estudio de la eugenesia (por ejemplo, el Galton Eugenics Institute, la Eugenics Society o varias divisiones del Kaiser Wilhem Institute) y recibieron fuertes insumos económicos de fondos gubernamentales y privados.

De entre estos últimos, es posible rescatar algunas cifras de los ingresos destinados a la eugenesia por el Instituto Rockefeller entre 1902 y 1936 (las cuantías se expresan en el valor monetario de la época, mayor que el actual):


Año

Origen

Destinatario

Cuantía

1902

Rockefeller Institute

Eugenics Record Office

$100.000.000

1906

Carnegie Institute

Eugenics Record Office

$45.000

1926

Rockefeller Institute

KWI of Psychiatry

$250.000

1929

Rockefeller Institute

KWI for Brain Research

$317.000

1936

Rockefeller Institute

KWI Anthropology & Eugenics

$9.000


Finalmente, la eugenesia se pondría en práctica mediante la legislación local y nacional. Sólo en E.E.U.U., las leyes de esterilización obligatoria se aplicaron en treinta y dos estados, sobre aquellas personas que, bajo el criterio de los eugenistas, “padecían incapacidades hereditarias”. Entre 1900 y 1933 más de sesenta mil individuos fueron esterilizados en Estados Unidos en cumplimiento de estas leyes, incluidas más de veinte mil personas solo en California. Y, según Larson (2006):

Empezando por Alemania, con la aprobación en 1933 de la ley para la Prevención de la Progenie Genéticamente Enferma, todas las naciones nórdicas adoptaron algún tipo de medida legislativa para la esterilización eugenésica”.

Incluso en nuestro país, algunos autores abogaban por la eugenesia durante la Segunda República y el franquismo, en pos de la recuperación de la “raza hispánica» forjadora del Imperio del siglo XVI”, siendo una idea mucho más popular y conocida en los años veinte y treinta de lo que puede suponerse. Pero, por supuesto, fue en la Alemania nazi en donde el impacto sería más estremecedor. Las políticas eugénicas desembocarían finalmente en el holocausto de la Segunda Guerra

Mundial, donde la “eugenesia negativa” acabaría con millones de personas, víctimas del racismo y el antisemitismo, pero también discapacitados y homosexuales.

El vínculo entre darwinismo y eugenesia es profundo, lo que explicaría la influencia que esta última habría tenido como vehículo de su aceptación y desarrollo. Como hemos visto, ambas comparten un mismo eje conceptual y se suceden en orden lógico. Pero además, los principales representantes del darwinismo se manifestaron de forma explícita en torno a su transposición social, en algunos casos haciendo de la eugenesia su área principal de interés: Galton, Spencer, Haeckel, Morgan, Fisher, Haldane, Dobzhansky. El propio Darwin escribió (1871):

«Los holgazanes, los degradados y con frecuencia viciosos tienden a multiplicarse en una proporción más rápida que los próvidos y en general virtuosos […] Si los distintos obstáculos que hemos señalado […] no impiden que los holgazanes, los viciosos y otros miembros inferiores de la sociedad aumenten en mayor proporción que los hombres de clase superior, la nación atrasará en vez de adelantar, como es fácil probarlo, por abundar los ejemplos en la historia del mundo».

En su forma moderna bajo la genética de poblaciones, Haldane era eugenista convencido y sugería que solo la mejor milésima parte de la raza humana actual debería reproducirse, mientras que Fisher fue nombrado en 1933 profesor de Eugenesia en la Universidad de Londres, y la eugenesia, de hecho, era un tema que “le consumió totalmente”. Dobzhansky, discípulo de Morgan y uno de los más influyentes genetistas de la época afirmó (1969):

«Entre los problemas biológicos con que la humanidad tiene que enfrentarse, después del terrible problema de la superpoblación, el más importante es el del encauzamiento y dirección de la evolución biológica de nuestra especie […] Las personas que saben son portadoras de defectos hereditarios graves deben ser educadas para que comprendan la importancia de este hecho, de tal modo que se convenzan de que no pueden reproducirse. O si no tienen suficiente preparación intelectual para tomar una decisión, está justificada su separación de la sociedad o su esterilización».

Finalmente, Julian Huxley (nieto de T. H. Huxley) prestó su imagen en una campaña audiovisual para la promoción del movimiento eugenésico de la década de 1950. Este es un apunte importante teniendo en cuenta que Huxley no sólo fue artífice de la consolidación real de la síntesis moderna, sino el fundador y el primer director general de la UNESCO, entre otros cargos administrativos muy visibles.



El darwinismo de la síntesis moderna, con la asimilación de la genética de poblaciones y como eje teórico de la eugenesia, se posicionaría en primera línea del desarrollo científico occidental, aun con el declive (o sofisticación) de las prácticas eugénicas. Copando recursos y eliminadas las otras líneas de pensamiento evolucionista, el darwinismo se sitúo a mediados de siglo como sinónimo de la teoría de la evolución. En palabras de Larson (2006):

«En 1959, al llegar el ampliamente celebrado centenario de «El Origen de as Especies» de Darwin, la síntesis moderna ya se había convertido en un auténtico dogma dentro de la biología y sus ponentes más destacados estaban en la cima de la profesión, ocupando cátedras en las universidades de élite y similares en las juntas directivas de todas las sociedades científicas importantes».


Coda paradigmática: hacia una nueva Biología.

El esquema que he expuesto en este ensayo ha querido reflejar un proceso histórico de desarrollo del pensamiento darwinista, su asimilación y alineación como herramienta de justificación y ejecución de poder. Este hilo argumental trata de acercarse a las relaciones entre darwinismo y capital, dado que el poder, en última instancia, se basa en la capacidad para poseer, acumular y manipular los recursos a voluntad (incluyendo los recursos monetarios, geográficos o humanos).

He considerado que, en síntesis, el darwinismo:

  1. Parte de un marco sociopolítico y cultural
  2. Se engrana como parte de un nuevo orden social
  3. Es elevado al estatus de ley natural
  4. Justificando así las distintas formas de poder
  5. Hasta adquirir un valor de uso con la genética
  6. Se capitaliza y empodera, atrayendo recursos y ganando posiciones políticas y académicas

Esto se simplifica en un bucle autorreferenciado y autojustificativo en el se pasa de la «Socilización de la naturaleza» a la «Naturalización de la sociedad». Bucle que se enmarca sobre el novedoso constructo de la genética (ver «El mito del Gen») para ejecutar practicas de ingeniería biológica, ecológica y social, colonizando (casi) definitivamente el conjunto de la biología. Asimilando al resto de disciplinas, ocupando puestos de relevancia y alcanzando el dominio público, el neodarwinismo impregna hasta el desarrollo de las ciencias biológicas hasta la fecha.

En el camino queda la dramática ejecución del darwinismo social, un elemento inseparable del tronco darwiniano, así como las polémicas prácticas impulsadas bajo el paradigma de la síntesis moderna (revolución verde, explotación masiva de recursos, modificación genética). Este sería el desenlace de una construcción ideal de la sociedad, traspuesta a la naturaleza y ejecutada sistemáticamente.


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Tras todo este recorrido, son legión las voces que claman que las relaciones entre darwinismo y poder, entre ciencia y capital en sentido amplio, no pueden más que tacharse, en el peor de los casos, como una mala praxis de una buena teoría. Reconociendo su lógica, considero imposible separar el plano científico – académico del sociopolítico – económico. No es posible confrontarse al «monstruo» (en cuanto gigantez, poder y deformidad) que es darwinismo sin remitir tanto a argumentos sociales como científicos. Considero fundamental analizar (aun tan someramente) las relaciones con el poder, como es necesario poner en tela de juicio la vigencia, suficiencia e incluso la mera existencia del darwinismo como un programa de investigación real.

Pero ese será otro artículo.


Lecturas complementarias:

  • Heredia, D. (2014). Redes, sistemas y evolución: Hacia una nueva biología. Madrid: BioCoRe // Tesis Doctoral UAM (2013).

  • Heredia, D. (2012). El mito del gen: genética, epigenética y el bucle organismo-ambiente. Medicina Naturista, 6(1), 39–46.

  • Olarieta, J.M. (2012). La teoría materialista de la evolución en la URSS. Theoria. 2009;(2).

  • Abdalla, M. (2010). La crisis latente del darwinismo. Murcia: Cauac.

  • Sandín, M. (2010). Pensando la evolución, pensando la vida. Murcia: Cauac.

  • Larson, E. (2006). Evolución, la asombrosa historia de una teoría científica. Madrid: Debate.

  • Gould, S.J. (2004). La estructura de la teoría de la evolución. Barcelona: Tusquets.

  • Løvtrup, S. (1987). Darwinism: The Refutation of a Myth. Londres: Croom Helm.

  • Darwin, C. (2009). El origen de las especies. Madrid: Espasa-Calpe.

  • Darwin, C. (2009). El origen del hombre. Madrid: Bibloteca EDAF.

  • Darwin, C. (1977). Autobiografía y cartas escogidas. Madrid: Alianza.

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